El duelo migratorio: perder para encontrar, y los niños? Por Clr.Alejandra Morales


El duelo migratorio: 

perder para encontrar

    Cuando uno se va a vivir a otro país, no solo hace las valijas con ropa y documentos. También deja atrás personas, olores, costumbres y una manera de ser en el mundo. Eso duele. Y tiene nombre.

¿Qué es el duelo migratorio?

    El duelo es el proceso emocional que atravesamos cuando perdemos algo que amamos sea una mascota, un ser querido, una casa, un grupo de pertenencia....Generalmente lo asociamos con la muerte de un ser querido, pero también existe el duelo por separaciones, cambios de vida… y por supuesto, por migrar.

El psicólogo Joseba Achotegui lo llamó el "duelo del inmigrante": una elaboración interna y profunda que ocurre cuando dejamos atrás nuestra tierra, nuestra gente, nuestro idioma (o acento), nuestra cultura y nuestra identidad cotidiana. No es debilidad. Es una respuesta humana y esperable ante estas pérdidas.

Migrar no es solo un cambio de dirección. Es una transformación de quién somos y cómo nos relacionamos con el mundo.

A diferencia de otros duelos, el migratorio es paradójico: la persona elige irse (en la mayoría de los casos), y aun así sufre. Esa contradicción —"yo lo elegí, ¿por qué me duele?"— genera culpa y confusión que a veces hace más difícil pedir ayuda.

Las fases del duelo migratorio

    No todos lo vivimos igual ni en el mismo orden, pero hay emociones que suelen aparecer en el camino.

Euforia y adrenalina. Los primeros días o semanas suelen estar cargados de novedad y entusiasmo. Todo es diferente, interesante, estimulante. El duelo todavía no se ha instalado —o si lo hizo, la adrenalina lo tapa.

Choque En algún momento la realidad llega. El país nuevo no es exactamente como lo imaginábamos. Los vínculos son nuevos y superficiales. La soledad aparece, a veces de golpe.

Tristeza y nostalgia. El peso de lo dejado atrás se hace presente: las personas, las comidas, los paisajes, las rutinas cotidianas que antes pasaban desapercibidas. Es el momento más difícil del proceso, y el más importante de atravesar con consciencia.

Adaptación gradual. Con tiempo y sostén, se empieza a construir una nueva vida. Los duelos se integran sin desaparecer. Se empieza a sentir, por fin, algo parecido a estar en casa.

Este proceso no es lineal. Se puede estar en plena adaptación y de repente un olor, una canción o una fecha especial te devuelve a la tristeza. Eso es normal, y no significa que hayas retrocedido.

¿Cómo lo podemos transitar?

  • Nombrarlo y permitirse sentirlo. El duelo que no se reconoce, se acumula. Decirse "estoy de duelo" es un acto de honestidad y el primer paso hacia la elaboración. No hay nada de qué avergonzarse.

  • Mantener vínculos con el origen. Las videollamadas, las cartas, las comidas de siempre: mantener lazos con lo que dejaste no te impide integrarte al nuevo lugar, al contrario, te sostiene emocionalmente durante el proceso.

  • Construir una nueva red de contención. Buscar comunidad en el nuevo país —grupos de migrantes, vecinos, actividades compartidas— ayuda a crear pertenencia sin negar el pasado. No es reemplazar lo anterior: es sumar.

  • No apurarse. La adaptación lleva tiempo, a veces años. Compararse con quien "ya está bien" o presionarse para estar integrado antes de lo que el proceso permite suele generar más angustia. Cada historia de migración es única.

  • Pedir ayuda profesional si es necesario. Cuando la tristeza se vuelve paralizante, cuando el duelo no avanza o cuando empieza a afectar el trabajo, los vínculos o la salud física, la psicología puede acompañar el proceso con herramientas específicas. Buscar ayuda es un acto de inteligencia, no de debilidad.

¿Y que pasa con los chicos de la familia que migra?

    De todo lo que rodea al duelo migratorio, hay algo que me preocupa especialmente y son los chicos en esa familia que decide migrar.

Porque ahí hay una asimetría que vale la pena nombrar. Los adultos, en general, eligieron irse. Evaluaron opciones, pesaron pros y contras, tomaron una decisión. Los chicos, en cambio, no eligieron nada. Van porque sus padres van. Y eso los pone en un lugar muy particular: tienen que elaborar un duelo por algo que quizas no decidieron realmente. 

Esa falta de agencia —no haber tenido voz del todo en algo que cambia todo— puede generar confusión, enojo y una sensación de impotencia que los chicos muchas veces no saben cómo poner en palabras. Algunos lo muestran con rebeldía. Otros con silencio. Muchos se "portan bien" para no preocupar a sus padres, que ya tienen suficiente con su propio proceso.

Lo que los chicos necesitan, antes que nada, es que alguien les diga: tenés razón en sentir lo que sentís. Esta decisión no fue tuya y está bien que eso duela.

Los niños y adolescentes también hacen duelo cuando migran, pero lo expresan de maneras distintas según su edad. Muchas veces los adultos piensan "los chicos se adaptan rápido" —y en parte es cierto— pero eso no significa que no sufran. Simplemente lo muestran de otro modo.

Los más pequeños (0 a 5 años) no tienen palabras para lo que sienten, pero lo sienten igual. Pueden aparecer regresiones: mojar la cama habiendo dejado el pañal, querer el chupete, tener miedo a la oscuridad de nuevo. Lo que más los afecta es el estado emocional de sus cuidadores: si mamá o papá están angustiados, ellos lo perciben. La estabilidad de los adultos es su principal ancla.

Los niños en edad escolar (6 a 11 años) entienden mejor lo que pasó, y por eso también lo sufren más conscientemente. Extrañan a sus amigos, la escuela anterior, los juegos de siempre. Pueden bajar el rendimiento escolar, volverse más irritables o más dependientes. Necesitan que los adultos validen lo que sienten sin minimizarlo ni apurarlo. Y que en la escuela se los tome más en cuenta. 

Los adolescentes (12 a 17 años) son quizás quienes más sufren la migración. La adolescencia es el momento en que se construye la identidad —¿quién soy, a qué grupo pertenezco, qué me gusta?— y la migración interrumpe ese proceso de manera abrupta. Perder el grupo de pares en esa etapa es una pérdida enorme. Pueden enojarse, aislarse o, por el contrario, minimizar lo que sienten para no preocupar a sus padres. Es importante crear espacios donde puedan hablar sin sentir que tienen que estar bien.

Señales en la conducta que conviene conocer

En los primeros meses después de la mudanza, es habitual que los chicos muestren cambios que a veces desconciertan a los padres. No son caprichos ni manipulación: son la forma en que el cuerpo y la conducta expresan lo que todavía no tiene palabras.

Algunos de los efectos más frecuentes en esa etapa  son los trastornos del sueño —dificultad para dormirse, pesadillas, despertar de noche— y los cambios en el apetito, tanto comer menos como buscar comida como fuente de consuelo. También es común ver un aumento de la irritabilidad o de las rabietas en los más chiquitos, y un repliegue sobre sí mismos en los más grandes: menos ganas de salir, de conocer gente nueva, de ir a la escuela.

En el ámbito escolar, la baja de rendimiento en los primeros meses es casi esperable. No es que el chico dejó de ser capaz: es que parte de su energía cognitiva y emocional está ocupada en procesar el cambio. Lo mismo vale para las dificultades para hacer amigos al principio —el proceso de vinculación lleva tiempo, y forzarlo suele producir el efecto contrario.

Algunos chicos, en cambio, muestran lo opuesto: una adaptación aparentemente perfecta, demasiado rápida, sin quejas. Eso también merece atención. A veces es genuino. Otras veces es una manera de proteger a sus padres, o de no sentir lo que sienten porque parece demasiado.

La pregunta que vale hacerse no es "¿está bien o está mal?" sino "¿tienen un espacio donde pueden no estar bien?"

Un chico que extraña no está "siendo dramático". Está procesando una pérdida real. Escucharlo sin minimizar es la intervención más poderosa que tenemos como adultos.

    Para terminar, pensaba que todos tenemos alguna migración en nuestra historia.  La propia, la que está pensando, la que imaginó y descartó. O la de nuestros padres, abuelos, que cruzaron un océano con una valija de cartón y nunca hablaron demasiado de lo que dejaron.

Entender el duelo migratorio no es solo útil para quienes están viviendo una mudanza hoy. Es también una manera de comprender algo de nuestra propia genealogía emocional: por qué ciertos vínculos se cortaron, por qué hay silencios en la familia, por qué algunos abuelos nunca volvieron a hablar de su tierra de origen aunque la llevaran tatuada adentro.

Y para quienes están pensando en irse —o acompañando a alguien que lo piensa— vale la pena hacerse algunas preguntas antes de que el proceso arranque. ¿Cómo estamos hablando de esto en casa? ¿Los chicos tienen un espacio para preguntar, para enojarse, para no estar de acuerdo? ¿Estamos dando lugar a la ambivalencia, o solo al entusiasmo del proyecto nuevo?

Transitar bien un duelo migratorio no significa no sufrirlo. Significa poder mirarlo, nombrarlo y no cargarlo solo. Y si te toca con un niño, estar más atento-a a sus cambios y necesidades. 🚀🚌🚖.



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