Navegar las propias congojas. Por Clr. Mercedes Azcárate

 

Navegar las propias congojas

        



        Hace poco leí Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos, y algo de ese mundo se me quedó adentro. Decidí traerlo a un artículo en este contexto, porque, si bien soy Counselor, también mi profesión de Licenciada en Letras me ha llevado a encontrar cuestiones de la vida en la literatura. Y hay muchos textos literarios que me han acompañado a desentrañar temas personales. 

La novela nos lleva a un territorio áspero, atravesado por la conquista, donde los vínculos, el poder y la supervivencia se entrelazan con una intensidad que incomoda. Pero más allá de su contexto histórico, hay algo que resuena de otra manera: una corriente subterránea de emociones —culpa, deseo, desarraigo— que no pertenece solo a los personajes, sino también a nosotros.

Quizás por eso, mientras avanzaba en la lectura, no podía dejar de pensar que ese río no era solo el de la historia. Cuando tomo la palabra congoja desde la novela, no la pienso solo como tristeza o angustia en un sentido simple. En Río de las congojas, la congoja tiene espesor: es una mezcla de desarraigo, de deseo contenido, de identidad en tensión. Es algo que no termina de resolverse y que, justamente por eso, sigue empujando desde adentro. Y es desde ahí que la traigo a este texto. Como esas zonas nuestras que quedan abiertas, que no encajan del todo, que a veces incomodan, pero también nos dicen algo. Congojas como partes del movimiento mismo de la vida. Hay un río que no se ve, pero se siente. No arrastra ramas ni barro: arrastra recuerdos, gestos no dichos, versiones de nosotros que quedaron detenidas en otro tiempo.

En ese río también estamos nosotros cuando algo del pasado insiste en quedarse, como si no hubiera terminado de decir lo que tenía que decir.

María Murature, la protagonista, camina —o tal vez deriva— entre lo que fue y lo que todavía no logra ser. Hay en ella una incomodidad persistente, una especie de intemperie interior. No encuentra un lugar del todo habitable, porque algo la tira hacia atrás. Y, sin embargo, la vida avanza igual.

Quizás ahí esté lo más inquietante: el río no se detiene. No espera a que entendamos, no se ajusta a nuestros tiempos. Sigue. Y nosotros, a veces, nos quedamos en la orilla de nosotros mismos, mirando pasar lo que podríamos estar viviendo. Hay congojas que no gritan. Se filtran. Aparecen en una comparación silenciosa, en una sensación de no ser suficiente, en esa leve tensión que no sabemos nombrar pero que se instala en el cuerpo.

Como María, muchas veces creemos que necesitamos resolvernos para poder seguir. Ordenarnos, explicarnos. Pero tal vez no sea así. Puede ser que crecer esté más relacionado con aprender a convivir con lo que no cierra del todo y dejar de pelear con lo que fuimos. Soltar, aunque sea un poco, la necesidad de entenderlo todo.

Siento que hay algo que cambia cuando dejamos de resistir. No desaparece el pasado, pero deja de empujarnos desde atrás. Empieza, de a poco, a volverse parte del cauce. Y entonces ya no estamos detenidos; estamos en movimiento, incluso con nuestras congojas a cuestas.

Propuesta de escritura:

Elegí una congoja que vuelva.

No la expliques: dejala hablar.

Escribí como si fuera un paisaje:

¿es río, es niebla, es peso, es ruido?

Después escribí desde vos, pero sin juzgarte. Como si miraras tu propia vida desde la orilla. Tal vez, en ese gesto mínimo, algo empiece a fluir distinto.




Río de las congojas (1981) es una aclamada novela histórica de la escritora argentina Libertad Demitrópulos.  Editado por  Fondo de Cultura Econímica

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