Diciembre pide resultados, pero el alma pide dignidad
Diciembre suele pedir resultados, balances y conclusiones. Pero el cierre más auténtico no solo se mide en el hacer, sino también en el ser —muchas veces olvidado— y en algo más profundo: la capacidad de dignificar lo vivido.
Ser y hacer
Una palabra que aparece en diciembre es: balance. Y, generalmente se traduce en lo hecho, en la concreción de proyectos y en lo que quedó pendiente, y no está mal.
El hacer nos afirma en el mundo; el ser nos enraíza en nosotros mismos.
No son opuestos: se completan. Somos lo que hacemos, pero también lo que sentimos y la forma en que nos habitamos. Cuando el ser y el hacer dialogan, aparece un modo más honesto de estar en el mundo.
Hoy, mi propuesta es correr la mirada del hacer para contemplar el ser.
El calendario marca un final, pero no sabe nada de nosotros. No sabe de lo que todavía duele, de los esfuerzos invisibles, de los gestos silenciosos que nadie vio, ni del modo en que nuestra vida se movió por dentro. Quizás por eso cansa tanto este mes: porque intenta ordenar lo que, por naturaleza, es complejo.
Tal vez el cierre más honesto sea, aparte de listar lo conseguido, dignificar la experiencia: darle valor, reconocer su peso, permitir que tenga un lugar en la historia personal, aun cuando siga siendo imperfecta o incompleta.
El SER como territorio de cierre
Más allá de los logros y de los hitos personales, dignificar lo vivido es otorgarle valor al camino interior, ese que nadie ve pero que nos configura. Para mí, significa reconocer el valor esencial de lo experimentado, permitir que lo incompleto siga incompleto, dar espacio y tiempo a lo que duele, y no apresurar lo que recién nace.
Podemos observar cómo respondimos a las demandas internas y externas, de qué modo interpretamos lo que nos tocó, qué parte de nosotros se puso de pie y cuál se escondió para sobrevivir. Una observación sin juicios, ni castigos. Un acto de presencia hacia nosotros mismos que transforme nuestro ser.
La reconciliación sin mandato
Otra palabra que aparece en cada diciembre es: reconciliación. Pero muchas veces se propone como un gesto superficial: un brindis, una frase amable, llenarse de energía positiva, perdones que no sentimos y contactos que no deseamos.
Para mí, la auténtica reconciliación es un acto interno, íntimo y silencioso. Un gesto discreto para aflojar algo que nos lastima más a nosotros que a los demás. A veces es un enojo viejo, a veces una exigencia, a veces una idea de quién deberíamos ser. Es dejar de pelear con lo que ya no necesita defensa. Es mirar nuestra historia —y nuestras contradicciones— con un poco más de aceptación.
Gestos que acompañan, no rituales vacíos
Hay cierres que la mente no puede elaborar, pero el cuerpo sí.
Un gesto simbólico —breve, mínimo— puede abrir un espacio que la palabra no encuentra.
Hablo de actos íntimos que uno elige por sí mismo, desde adentro, porque resuenan de verdad. Por ejemplo:
- Escribir una palabra o una frase para darle un lugar concreto a algo que necesitamos mirar con distancia;
- Mover un objeto de lugar (un libro, una foto, una piedra), que marque un antes y un después, ese desplazamiento externo suele reflejar un movimiento interno que empezamos a habilitar;
- Un momento de respiración consciente, para que el cuerpo exhale lo que cargaba sin saberlo;
- Abrir un espacio físico para lo que comienza: acomodar un rincón, liberar una mesa, dejar entrar más luz… a veces el afuera se vuelve metáfora exacta de lo que adentro pide lugar.
Son gestos simbólicos. El símbolo trabaja en una profundidad a la que el análisis no siempre llega. Y a veces es lo único que permite avanzar.
Una frontera suave
Diciembre no tiene por qué ser un examen final. Tampoco un momento de euforia forzada. Puede ser una frontera suave, un borde donde miramos el camino con respeto, sin apuro, sin mandato. Un lugar donde lo valioso se reconoce sin exageración, lo difícil sin vergüenza, lo incompleto sin culpa y lo nuevo sin ansiedad.
Dignificar lo vivido es esto: permitir que cada parte del año —la que brilló y la que se quebró— tenga su lugar sin ser comparada ni corregida.
Preguntas para un diciembre que dignifique
- ¿Qué de este año necesita ser reconocido, aunque haya sido silencioso o pequeño?
- ¿Qué parte de mí se transformó sin que yo lo advirtiera del todo?
- ¿Qué necesito soltar sin dramatismo, solo para estar más liviano/a?
- ¿Qué me duele aún y no necesita ser resuelto, sino dignificado?
- ¿Qué reconciliación interna podría aliviar mi camino?
- ¿Qué gesto simbólico podría acompañar esta transición?
- ¿Qué deseo profundo empieza a asomarse, aunque todavía no tenga forma?
Susana G. Bruzza


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