Cuando esperamos que el otro adivine: el costo invisible de lo no expresado. Por Clr Mercedes Azcárate

 

Cuando esperamos que el otro adivine: el costo invisible de lo no expresado

(Continuación de “El silencio como refugio forzado: mi camino hacia la palabra”)


En
“El silencio como refugio forzado: mi camino hacia la palabra” he comentado acerca de ese espacio interno donde uno se protege callando, aunque el silencio termine siendo una carga más que un alivio.
Este texto continúa ese camino, pero desde otro ángulo: no el silencio que nace del miedo o del cansancio, sino el silencio que nace de la expectativa de que el otro debería entender sin que lo digamos.

Porque muchas veces no callamos para protegernos, sino porque creemos —o deseamos— que la otra persona pueda adivinar lo que nos pasa.

El problema no es callar: es esperar

Cuando esperamos que el otro “se dé cuenta solo”, lo dejamos navegando en un mapa que solo nosotros vemos. Y ahí empiezan los desencuentros:

  • Vos necesitás acompañamiento.
    El otro piensa que necesitás espacio.

  • Vos estás en la incomodidad.
    El otro interpreta que estás seria/o o cansada/o.

  • Vos deseas una palabra.
    El otro ni sospecha que falta algo.

No hay indiferencia. Hay falta de coordenadas.

¿Y por qué esperamos ser adivinados?

La expectativa de ser leídos sin hablar suele venir de lugares muy profundos:

  • el temor a quedar expuestos,

  • el miedo a que lo que sentimos suene “exagerado”,

  • la creencia cultural de que el amor auténtico no necesita explicaciones,

  • o la costumbre de haber tenido vínculos donde uno se adaptaba y no expresaba.

Pero esa expectativa, aunque parezca buscar romanticismo, suele ser injusta para ambos.

El silencio es presionar

No comunicar lo que nos pasa no es neutral. Representa toda una postura. Es un mensaje ambiguo que el otro intenta descifrar a ciegas. 

Y cuando no logra hacerlo, se produce una herida doble: vos sentís que no te leen, y el otro siente que hizo algo mal sin saber qué.

Así, lo que empezó como un deseo de conexión termina convirtiéndose en distancia o, todo lo que no querías, una discusión.

Hablar no te expone: rompe malentendidos

En mi camino hacia la palabra —ese que abri en el artículo anterior— aparece con claridad que expresar lo que sentimos no es exigir, es aclararDecir “esto me está pasando” no es una acusación. Es una brújula. Una manera de que la relación se mantenga en la misma sintonía emocional.

Decir lo que necesitamos es un acto de valentía, no de debilidad

Cuando hablás desde vos: dejás de cargar solo con lo que te afecta, le das al otro la posibilidad de querer acompañarte, y sacás al vínculo de la confusión para llevarlo a la comprensión. 

Tampoco vamos a hablar todo, todo el tiempo. Son momentos para hablar lo que importa, para no vivir desde la interpretación constante.

Te dejo un ejercicio para seguir abriéndote camino

Escribí estas dos frases y completalas sin pensar demasiado:

  1. “Lo que estoy sintiendo realmente es…”

  2. “Lo que espero —en silencio— que el otro adivine es…”

La distancia entre una y otra suele ser el lugar exacto donde hace falta una palabra.

Hasta la próxima!

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