Compartir nuestras historias, ese tesoro que tenemos los seres humanos. Por Clr. Sebastián Amorós.



Compartir nuestras historias,
 ese tesoro que tenemos los seres humanos

“Una historia no tiene principio ni final: arbitrariamente se elige ese momento de experiencia desde el que mirar atrás o desde el que mirar hacia adelante.”
Graham Greene


Al comenzar este texto, quiero invitarte a que te imagines a una comunidad primitiva. Está anocheciendo. Esta comunidad está reunida alrededor de un fogón. Alguien dentro de ese grupo —puede ser un chamán, una curandera o un líder— comienza a contar una historia, a compartir sus experiencias, a transmitir valores, conocimientos, leyendas y mitos. Quienes escuchan se sorprenden, se asustan, se ríen, se conmueven, transitan por diferentes emociones.

Las historias orales no surgieron solamente para desarrollar el lenguaje. Surgieron, sobre todo, por una necesidad profundamente humana: dar sentido a la experiencia, a la realidad, construir significado compartido, generar identidad, sentido de pertenencia y lazo comunitario.

Antiguamente, el fuego fue un facilitador del encuentro social. Generaba un clima de seguridad e intimidad. Delimitaba la luz y la oscuridad, lo conocido y lo desconocido. Hoy, los fogones fueron sustituidos por pantallas, consultorios, grupos terapéuticos y espacios de acompañamiento. Sin embargo, la metáfora sigue siendo la misma: un espacio de encuentro donde alguien se anima a contar y otro se dispone a escuchar, un espacio para compartir historias.


Contar y escuchar historias genera conexiones humanas


Escuchar a alguien que nos cuenta una historia —sea personal o ficticia— tiene efectos concretos en nuestro cuerpo y en nuestro sistema emocional. Diversos estudios muestran que disminuyen los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés y la ansiedad, y aumentan los niveles de oxitocina, vinculada al apego, la confianza, la empatía, la conexión y la seguridad.

Contar y escuchar historias funciona, entonces, como un regulador emocional. No es solo un acto simbólico o cultural: es una experiencia vivencial y vincular. Cuando alguien se siente escuchado, algo se ordena por dentro. Cuando alguien puede narrarse sin ser juzgado, algo se calma.


Mi experiencia hoy desde el ECP


A mí siempre me apasionaron las historias. Leerlas, contarlas, crearlas, escucharlas. Desde chico, sentí que a través de ellas podía comprender al otro y, al mismo tiempo, podía comprenderme a mí mismo. Transitando este primer año ejerciendo la profesión escuché y acompañé varias historias, de diversas temáticas: sexualidad, desarrollo personal, duelos, autoconocimiento. Historias que parecían fragmentadas, perdidas, a veces desordenadas, a veces repetidas, otras veces silenciadas durante años. Historias de resiliencia. Historias que me dolieron. Historias de personas de veintitantos hasta los setenta. Todas resonaron en mí. Todas me impactaron de diferentes maneras.

Acompañar historias implica estar presente, disponible y abierto a ser tocado por lo que el otro trae. Implica una escucha comprometida, humana, reconocer  la singularidad de cada experiencia. No puedo evitar pensar en la frase de Jung “al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana”. En este primer año confirmé que no hacen falta grandes intervenciones ni técnicas tan espectaculares para generar un movimiento: la mayoría de las veces lo más importante es sostener el espacio, respetar los tiempos y confiar genuinamente en el proceso del otro. Nunca perder de vista la necesidad del otro.

Las historias que escuchamos nos transforman. No salimos iguales después de acompañar ciertos relatos. Algo en nuestra manera de ver el mundo cambia. Cada historia nos deja una huella, una enseñanza, una pregunta, una resonancia, una nueva experiencia. En ese sentido, el Counseling es un camino de ida y vuelta: mientras acompaño al otro en su proceso, algo en mí también se mueve, se amplía y se resignifica.

Compartir historias es un acto profundamente humano y sanador. Nos permite sentirnos vistos, comprendidos y acompañados. Nos recuerda que no estamos solos en lo que nos pasa, que a alguien más le pasa lo mismo o algo parecido. En las historias —sean contadas, escuchadas y sostenidas en un vínculo profesional— habita una de las herramientas más poderosas para el crecimiento y el encuentro humano. 

Finalizando el texto, te invito a que vuelvas al fogón, a que encuentres un espacio para ese fogón. Cada vez que una persona se anima a contar su historia, elige un punto desde donde mirar su vida. Y en ese acto de valentía, aunque no lo sepa, ya hay un movimiento. Porque narrar es resonar y elegir. Elegir es comenzar una y otra vez y resignificar, sin necesidad de un principio ni de un final.



Sebastián Amorós

Counselor – Terapeuta Sexual

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