Durante mucho tiempo creí que mi historia era algo fijo. Una línea que se extendía desde el pasado, que hacía mi presente y que definía quién era yo. Una linea marcada por un discurso inamovible, que no se podía modificar porque era heredado, enseñado... Creía que mis experiencias, mis heridas y mis aprendizajes hablaban por mí, como si mi identidad estuviera grabada en una parte que no me pertenecía, sin darme cuenta de que todo eso formaba parte de un discurso que yo misma sostenía.
Nunca me había detenido a preguntarme cuál era el impacto real de ese discurso que repetía sobre mí hasta hace unos años.
¿De qué manera mis palabras sostenían mi forma de vivir, de vincularme, de sentir?
¿Y cuántas veces ese relato se convirtió en una barrera, más que en un puente hacia mi crecimiento?
Con el tiempo descubrí que detrás de ese relato existía algo más profundo: mi discurso histórico. Cuando hablamos de discurso histórico hablamos de ese conjunto de interpretaciones, palabras y emociones con las que fuimos construyendo nuestra vida.
En coaching se llama "discurso histórico" a esa narrativa que repetimos sobre nosotros mismos. Es lo que decimos cuando contamos “mi historia”: los hechos pero, sobre todo, las interpretaciones que los acompañan. Es una manera de darle sentido a lo que vivimos, pero también una forma de mantenernos atados a ciertas creencias. En counseling seria "lo que me cuento, mi relato".
Con el tiempo, descubrí que mi discurso histórico no era una verdad absoluta, sino una construcción. Y que, al revisarlo, podía encontrar una nueva forma de habitar mi presente y de verme.
El poder de lo que nos contamos
Cada persona vive rodeada de relatos: los que escuchó en su familia, los que aprendió en el colegio, los que la sociedad fue reforzando... Y sin darnos cuenta terminamos creyendo que esos relatos son verdades nuestras. ¨Soy así porque siempre fui así. En mi familia nadie pudo hacerlo. No sirvo para esto, etc, etc.." Esas frases repetidas en silencio o en voz alta, se convierten en afirmaciones que guían nuestra vida. Hoy entiendo que son parte de mi discurso histórico también.
Desde la educación emocional, entendemos que esas creencias están cargadas de emociones. Cada vez que decimos "No Puedo", detrás hay miedo, frustración o tristeza. Y cada vez que decimos "Yo siempre....", estamos sosteniendo una identidad que quizás ya no nos pertenece.
Ahí me surge la siguiente pregunta... Y, ¿qué puedo hacer?
El primer paso para transformar mi discurso histórico es reconocerlo: observar qué historia me cuento y qué emoción la sostiene. Y cuestionar:
Mis verdades ¿Son realmente mías?
Cuando empecé a mirar mi historia desde esta perspectiva, descubrí que muchas de mis verdades no eran realmente mías. Eran heredadas, mandatos familiares, estructuras sociales... que yo había tomado como propias. Me di cuenta de que muchas de mis decisiones estaban guiadas por un discurso histórico no propio, aprendido y aceptado.
Comprendí que la verdad no es una sola, sino que cambia con el nivel de conciencia desde el que la miro. Lo que ayer fue una verdad necesaria, hoy puede ser una historia que ya cumplió su ciclo.
Y entendí que revisar mi historia es verme con ojos más empáticos y compasivos. Es crear una nueva versión de mí, más coherente con quien soy hoy.
Reescribir la historia
Reescribir mi historia no significa borrar lo vivido. Significa mirar el pasado con una comprensión nueva. Es decir, puedo reconocer el dolor sin quedarme atrapado ahí, puedo ponerle voz a lo que quiero, y siento, puedo honrar lo que fui y a la vez darme el permiso para ser diferente. Y para esto es importante tener en cuenta que las palabras tienen peso. En este proceso, las palabras tiene un papel fundamental en lo que digo. El lenguaje puede ser transformador o destructor de la historia que contamos. Por eso es importante poner el foco en las palabras que usamos. Cuidar lo que digo y cómo lo digo es lo nuevo en este momento.
Hoy elijo contar la historia desde otro lugar. Ya no digo: "siempre es igual"; ahora reconozco mis maneras de pensar, mis patrones y elijo modificarlos.
Y esto es, en definitiva, un acto de amor propio. ¿No te parece?
Una invitación
Cada uno de nosotros tiene un relato que nos acompaña, una historia hecha de palabras, emociones y aprendizajes. Podemos quedarnos ahí o avanzar.
Te invito a hacerte una pregunta:
¿Qué historia te estas contando hoy sobre vos mismo? Y ¿qué pasaría si la reescribieras desde tus verdades actuales, chequeadas y decididas, hoy, por vos?
Reescribir tu historia no es un final, sino un comienzo de todos los días. Cuando elegís mirarte con compasión y conciencia, el pasado deja de ser una carga para convertirse en un maestro.
Las palabras que elegimos tienen el poder de construirnos, limitarnos o liberarnos.
"Que cada palabra que te digas en tu discurso sea una semilla de conciencia, un recordatorio de tu capacidad de elegir y de quererte y querer a los demás"....
Sugerencia
En los artículos del mes de mayo, Mercedes escribió sobre el Mito Personal. Miradas parecidas que nos despiertan distintas reflexiones según el ángulo por donde lo mires. Te invito a que la leas también para completar la mirada que desde el blog tenemos sobre este tema.
Clr.Alejandra Morales


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