Cuando la vida nos pone a prueba, nace lo que aún no sabíamos que éramos. Por Clr. Mercedes Azcárate
Cuando la vida nos pone a prueba, nace lo que aún no sabíamos que éramos
Cuando la vida parece detenerse, todo lo que dábamos por seguro se mueve, se quiebra o cambia de forma. Nos enfrentamos a una pérdida, a una decisión difícil, a un desafío inesperado. Y entonces, sin pedir permiso, la vida nos obliga a mirarnos de frente.
No siempre elegimos los desafíos, pero sí elegimos cómo responderles. Ahí, en ese espacio entre lo que pasa y lo que hacemos con eso, se revelan nuestras potencialidades más profundas. Muchas veces creemos que “descubrir nuestro potencial” es algo que ocurre en momentos de calma o inspiración. Sin embargo, es en la tensión del cambio donde lo esencial emerge: la paciencia, la adaptabilidad, la creatividad, la fe, la capacidad de soltar o de insistir.
La filosofía oriental enseña que no se trata de resistir el curso del río, sino de aprender a fluir con él. No porque el agua no tenga fuerza, sino porque la resistencia solo agota. Fluir no significa rendirse; significa confiar en la corriente de la vida, entendiendo que cada obstáculo tiene el potencial de revelarnos una parte dormida de nosotros.
Cuando algo nos duele, también nos despierta. El dolor, si se mira con consciencia, puede convertirse en el inicio de un crecimiento profundo. A veces, lo que más tememos perder es justamente lo que nos ponía el velo delante de lo que podíamos ser.
En esos momentos, es natural sentir miedo, enojo o confusión. Pero si logramos quedarnos quietos dentro de ese torbellino, aparece algo nuevo: una calma que no depende de las circunstancias, sino de la confianza en nuestros propios recursos internos.
Cada persona lleva dentro un conjunto de potencialidades únicas, algunas visibles, otras latentes. La vida, con su sabiduría a veces incómoda, se encarga de activarlas. Un desafío nos vuelve más conscientes, más atentos, más presentes. Nos obliga a recordar que no somos lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa.
El camino no es negar la dificultad, sino observarla sin juicio. Desde esa mirada, los desafíos dejan de ser enemigos y se transforman en maestros. Nos enseñan que podemos reinventarnos sin traicionarnos, y que incluso en la incertidumbre puede habitar la serenidad.
La filosofía oriental nos invita a confiar en el ritmo natural de las cosas: hay tiempos para avanzar y tiempos para permanecer quietos. El bambú crece en silencio antes de elevarse. Así también nosotros, antes de desplegar un nuevo potencial, atravesamos períodos de aparente quietud donde, en realidad, todo está germinando.
Reconocer nuestras potencialidades no es inflarnos de poder, sino alinearnos con lo que verdaderamente somos. Es comprender que la fortaleza no está en no caer, sino en la forma en que nos levantamos. Que la sabiduría no está en tener respuestas, sino en aprender a escuchar las preguntas que la vida nos plantea.
Y así, paso a paso, desafío tras desafío, se va revelando ese ser más amplio que habita en cada uno de nosotros: el que sabe adaptarse, confiar y seguir creciendo, aun cuando nada es seguro. Porque tal vez de eso se trata vivir: de descubrir, una y otra vez, quiénes somos cuando todo cambia.
¿Qué situaciones recientes me desafiaron a salir de mi zona conocida?
¿Qué cualidades o recursos míos se activaron frente a ese desafío?
¿Hay algo que descubrí de mí solo porque la vida me puso a prueba?
Comentarios
Publicar un comentario
Hola , en breve nos contactamos !!