Lo que se va deja formas. Por Clr. Mercedes Azcárate

 

Lo que se va deja formas




En estas semanas los temas se fueron encadenando solos. Después de reflexionar sobre la finitud, apareció —casi naturalmente— la pérdida. Como si una palabra llamara a la otra.
Porque hablar del fin es, en el fondo, hablar también de lo que se transforma, de lo que se va pero deja huella.

Pensemos en el mar, su ondulación de ida y vuelta; la espuma avanza en la orilla y, al retirarse, deja una huella que luego será superpuesta por otra. Así la vida nos deja marcas. Esas marcas —que no son necesariamente cicatrices de heridas— nos crean caminos, del mismo modo que las olas dibujan y borran la arena, sin dejar nunca la orilla igual.

Hay pérdidas que duelen apenas, casi sin nombre. Y otras que dejan un hueco visible, como una habitación que de pronto queda vacía. Pero, con el tiempo, se comprende que nada se va del todo. Que incluso lo que ya no está sigue teniendo un modo de quedarse.

También vivimos momentos en los que algo se va y el cuerpo lo siente antes que la mente: una rutina que se desarma, un silencio que ocupa el lugar de una voz, una presencia que ya no llega, aunque se espere. Y al principio todo parece una grieta. Hasta que, sin notarlo, esa grieta se convierte en forma.

Porque lo que se va, deja formas. Deja nuevas maneras de mirar, un gesto aprendido, una frase que se repite sin querer. Deja una quietud diferente, una pausa que antes no existía.
Cada ausencia dibuja un contorno nuevo dentro nuestro.

Con el tiempo, se empieza a ver que la pérdida también tiene belleza. No una belleza brillante ni cómoda, sino una belleza que madura con los días, que enseña a mirar de otra manera. La pérdida pule, desgasta lo superficial y deja lo esencial al descubierto.

A veces se cree que perder es quedar vacíos, pero en realidad, perder es transformarse.
Es aprender a sostener el espacio que queda y, en ese silencio, reconocer algo de lo propio.
Algo que antes no tenía nombre. No todas las pérdidas son tristes. Algunas traen alivio, otras comprensión. Hay vínculos que cambian de forma, etapas que terminan sin ruido,
versiones nuestras que ya no encajan en la vida que tenemos ahora. Y aunque duela, soltar también es una manera de amar.

Con los años, se aprende que la vida no se trata de retener, sino de dejar que las cosas tengan su tiempo. Y cuando se van, de poder mirar lo que dejan. Porque ahí, en las marcas invisibles, en las huellas que no se ven pero se sienten, queda la verdadera forma de lo vivido.

¿Qué de lo que se fue sigue vivo en vos, aunque ya no esté?


Gracias.

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