Lo finito como llamado a vivir
Esta semana siento que la casualidad, la vida, me llevó a meterme en un tema que tenemos todos en el fondo de nuestros pensamientos.
Hay hechos que, aunque esperados, nos detienen en seco. Como si el tiempo se plegara un instante y nos mostrara, sin rodeos, su cara más real: la de lo finito.
La muerte, el paso del tiempo, los finales —de personas, de etapas, de versiones nuestras— nos recuerdan algo que solemos olvidar: que nada nos pertenece del todo. Ni los días, ni los vínculos, ni siquiera el cuerpo que habitamos.
Pero lejos de ser una idea triste, hay algo profundamente lúcido en esa conciencia.
Porque cuando recordamos que todo tiene un final, la vida se vuelve más viva.
El “después” deja de ser refugio y el “ahora” empieza a pesar distinto: más cierto.
La finitud no es solo pérdida; es marco. Ese marco no le quita belleza: la contiene, la define, la vuelve visible.
Es lo que hace que una mirada tenga sentido o que una charla sencilla deje huella. Si todo durara para siempre, nada tendría urgencia ni profundidad.
Quizás vivir sea eso: asumir que muchas cosas no duran para siempre (para siempre... son dos palabras que juntas se han utilizado mucho), pero que mientras duran, nos colman.
Me parece que la vida no se puede medir en cantidad de años, sino en la calidad de los instantes que realmente sentimos.
Cuando me siento despierta y conciente, pienso que no hay otra forma de honrar lo que se va, ni lo que se queda, que viviendo atentos, sabiendo que cada encuentro, cada mañana, son únicos.
Y, aun así —o precisamente por eso—, elegir seguir amando, creando, compartiendo.
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