La enfermedad como camino de autoconocimiento. Por Clr.Thais Parra

 


La enfermedad como un camino de autoconocimiento: una revelación personal. 


Un recorrido íntimo entre el dolor, la conciencia y la restauración del sentido.

El título de este artículo rinde homenaje al libro “La enfermedad como camino”: Un método para el descubrimiento profundo de las enfermedades, de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke. Esta obra, impregnada de sabiduría y profundidad, llegó a mis manos en un momento decisivo de mi vida, y fue clave para despertar una nueva conciencia en el proceso de restauración de mi salud. Ese libro no solo me ofreció respuestas, sino que me devolvió preguntas esenciales que marcaron el inicio de una transformación profunda.

Fue en el año 2007, aún viviendo en Venezuela, cuatro meses después del fallecimiento de mi madre, cuando se disparó en mí una crisis de salud que me obligó a hacer una pausa en el ámbito laboral, social y familiar. El cuerpo comenzó a hablar en un idioma que no comprendía, exigiendo ser escuchado. Fue entonces cuando este libro se convirtió en una brújula que me señalaba un nuevo camino de introspección.

Durante meses, atravesé un intenso recorrido de consultas médicas, estudios clínicos y múltiples internaciones, queriendo descifrar el origen de los agudos y fuertes dolores migratorios, insomnio persistente, astenia, dificultades cognitivas y una fatiga extrema que parecía no tener tregua. A pesar del esfuerzo médico, no se lograba un diagnóstico certero, y los tratamientos se enfocaban únicamente en mitigar los síntomas, sin ofrecer una comprensión más profunda de la condición de salud que estaba revelándose.

Una mañana desperté con una inquietud que me causaba mucha incertidumbre sobre mi estado de salud. Aparecieron diversos interrogantes: ¿Qué me pasó? ¿Por qué enfermé de esta manera? ¿En qué momento perdí la conexión conmigo y con mi cuerpo?. En medio de esas preguntas e incertidumbre, resonó en mí una definición que había leído de estos autores, Dethlefsen y Dahlke: “la enfermedad como pérdida de armonía, pero también como posibilidad de instaurar un nuevo equilibrio”.

Esta premisa encendió una chispa. Tal vez lo que estaba viviendo no era  sólo una ruptura, sino el inicio de un camino de conciencia, de recuperación, de restauración profunda.

Cada consulta médica se convirtió en un espacio de diálogo conmigo misma, de reflexión, revisión y transformación, adoptando nuevas maneras de conquistar mi armonía y mi bienestar integral. No solo buscaba respuestas físicas, sino también psíquicas y emocionales. Quería comprender la resonancia entre mis síntomas y mi estado interior, entre lo que el cuerpo gritaba y lo que el alma susurraba. Así fui haciéndome más consciente de mi proceso, de las decisiones que podía tomar, del poder y la voluntad que tenía para caminar hacia mi propia sanación.

Fue entonces cuando decidí investigar sobre el origen de mis síntomas, sus causas, su raíz. Una amiga me acercó el libro, La medicina de la energía, de Caroline Myss, y en sus páginas encontré un concepto poderoso que decía: “El poder del espíritu humano para catalizar un proceso de sanación capaz de restituir la fuerza vital, otorgar significado a una dolencia y curar una enfermedad crónica o presuntamente terminal.” Esta afirmación me dio el impulso para seguir indagando sobre lo que me estaba ocurriendo, se convirtió en faro para mí camino de exploración.


Con esos dos libros como compañeros de viaje, inicié por primera vez un proceso terapéutico con una psicóloga. Participé en congresos de medicina, tanto presenciales como virtuales. Investigué incansablemente sobre enfermedades auto inmunes y crónicas, porque todo indicaba que mi cuerpo hablaba desde ese lugar. Me sumé a grupos de apoyo, compartí experiencias, escuché historias que resonaban con la mía.

Todo ese recorrido me permitió reconectar con lo esencial: conmigo misma, con la vida que me habita, con mi mundo interior. Aprendí a distinguir lo que me hace bien de lo que me desvitaliza. Me encontré con emociones reprimidas, con dolores antiguos, con verdades que necesitaban ser nombradas, y aunque fue doloroso enfrentar una enfermedad que amenazaba con limitarme e incapacitarme, también fue profundamente liberador, porque en este nuevo estado de consciencia pude comprender la forma en la que viví la vida que me trajo hasta aquí, en ese contacto honesto con mi vulnerabilidad, con la comprensión de mi historia personal, encontré la fuerza vital y la paz interior para sostenerme y guiar mi recorrido en la restauración de mi salud.

Con mayor claridad y determinación, diseñé un plan para recuperar mi salud. Elegí a un médico clínico con una mirada integral y holística que me inspiraba confianza, sabiduría y comprensión, sus tratamientos estaban basados en la medicina natural, la homeopatía y la reflexología. Tenía que viajar cinco horas aproximadamente para ir a su consulta. Eran momentos de escucha profunda, donde mis miedos, dudas, angustias y alegrías tenían un origen develado y un gran significado.

Juntos atravesamos un diagnóstico confuso y difícil de aceptar. Después de tres meses y medio, más una semana de internación, se develó el nombre que explicaba las sintomatologías de una enfermedad auto inmune: “Síndrome de fatiga crónica y fibromialgia”. Después del diagnóstico, pude delinear con mayor precisión, junto a mi familia las acciones necesarias para transitar la enfermedad como un desafío, sin temor, abrazando los cambios y cada decisión con coraje y valentía. Esta determinación me ayudó en el proceso de aceptación de la enfermedad y fue clave para prepararme psicológicamente, y soltar un estilo de vida (laboral y social) que no contribuían con mi bienestar.

Me permití ser acompañada por profesionales de la psicología, de la medicina holística (integrando prácticas médicas convencionales con terapias alternativas), para lograr un equilibrio integral y promover el bienestar general. Todo esto me ayudó a construir una rutina cotidiana basada en el cuidado, sin medicación alopática. Fue una experiencia llevada a cabo con convicción, fe, disciplina y rigurosidad, donde confirmé - como lo dice la Dra. Stella Maris Maruso- que la enfermedad no sólo ha sido un proceso de sanación sino también un propósito vital en mi vida.

Esta nueva forma de vivir y habitar el descanso, el auto cuidado, la autorregulación desde mi propio ritmo, la quietud, el silencio, la alimentación consciente, el ejercicio físico, la escucha y la atención plena en lo cotidiano, así como el desarrollo de mis potenciales humanos, me llevaron a recuperar mi salud física, mental, emocional, y espiritual.

Continuará.... 

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