El silencio como refugio forzado:
mi camino hacia la palabra.
Hace poco
vi una película en la que, en una escena, una niña se hacía la dormida para
intentar pasar inadvertida ante la mirada de un padre violento que llegaba a la
casa. Esa escena me llevó a un lugar propio y me decidí a escribir acerca de eso.
Me acordé
de que la violencia no necesita gritos para instalarse. Puede hacerse presente
en el aire pesado que entra en la casa cuando alguien llega, en el silencio
incómodo que nos obliga a contener la respiración, en el intento desesperado de
pasar desapercibidos para no despertar la tormenta.
Yo crecí
sabiendo lo que era esa tensión. Aprendí a hacerme pequeña, a esconder mis
gestos, a disimular mi voz. Como si volviéndome invisible pudiera protegerme.
La violencia me enseñó a caminar en puntas de pie, a no pedir demasiado, a
estar alerta aun en los momentos más simples. Y lo más doloroso: me enseñó a
desconfiar de que el amor pueda darse sin condiciones ni miedo.
Callar
era la estrategia que mis padres me enseñaban como forma de protegerme: “mejor
no digas nada, no provoques”. El silencio se convirtió así en un refugio
forzado, en un muro que me aislaba de mis propios sentimientos y me convencía
de que hablar podía ser peligroso. Ese hábito de callar se volvió una segunda
piel.
Con los
años me di cuenta de que no solo había aprendido a no alzar la voz frente a la
violencia, sino también a esconder mis emociones, mis necesidades, mi manera de
estar en el mundo. Y fue un largo camino reconocer que callar para sobrevivir
no es lo mismo que callar para estar en paz.
Muchos
años después encontré palabras que me ayudaron a mirar todo aquello de otra
forma. En su libro Comunicación No Violenta, Marshall Rosenberg explica
que la manera en que hablamos y escuchamos puede ser fuente de violencia o de
encuentro. Él propone un lenguaje diferente: uno que parte de observar sin
juzgar, expresar sentimientos con honestidad, reconocer las necesidades que hay
detrás de esos sentimientos y hacer pedidos claros en lugar de imponer o
atacar.
Leerlo me
confrontó con una verdad profunda: yo había crecido en un espacio donde la
comunicación estaba cargada de exigencias, críticas y amenazas. El silencio era
un escudo y no un lugar tranquilo. Y comprender que existe otra manera —una en
la que las palabras pueden sanar en lugar de herir— me abrió una posibilidad
que no conocía.
Rosenberg
dice que detrás de cada expresión de violencia hay una necesidad no atendida.
Esa idea no justifica el daño, pero sí ofrece una mirada más amplia: la
violencia no surge de la maldad innata, sino de la desconexión, de la
incapacidad de expresar lo que sentimos y necesitamos sin lastimar.
Comprender
eso me permitió dejar de cargar con culpas que no eran mías. Me permitió
entender que no fui yo quien “provocó” la violencia. Yo solo era una niña
intentando ser aceptada. Hoy elijo otro camino: el de la palabra, la empatía y
la conciencia de que todos tenemos derecho a un espacio seguro donde expresarnos
sin miedo.
La
violencia marca, pero no define. Hay un después posible. Y ese después se
construye cada vez que elegimos escuchar, hablar con respeto, poner en palabras
lo que sentimos sin herir al otro.
Te invito
a probar los pasos que propone Rosenberg cuando enfrentamos diferentes
situaciones:
- Observación: describir lo que pasa sin evaluaciones.
- Sentimientos: expresar cómo te hace sentir eso.
- Necesidades: identificar qué necesidad tuya está (o no
está) siendo atendida.
- Petición: pedir algo concreto, claro y realizable.
Para seguir
pensando…
Podes tomarte unos minutos, con un papel y un lápiz.
Podés escribir, dibujar o simplemente dejar fluir las palabras:
1. ¿Qué recuerdos tengo de momentos en los que elegí
callar para evitar un conflicto?
2. ¿Cómo me hizo sentir ese silencio en mi cuerpo y en
mis emociones?
3. Hoy, como adulto/a, ¿en qué situaciones sigo eligiendo
callar aunque quisiera hablar?
4. ¿Qué necesidad mía queda oculta detrás de ese
silencio?
5. Si pudiera expresarla de manera clara y respetuosa,
¿qué palabras usaría?
Este tipo de preguntas no buscan abrir viejas heridas,
sino ayudar a reconocer patrones y, poco a poco, encontrar una forma más sana
de dar voz a lo que llevamos dentro
Referencia
Rosenberg, M. B. (2006). Comunicación No Violenta: Un lenguaje de vida.
Barcelona: Editorial Gran Aldea.


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