El silencio como refugio forzado: mi camino hacia la palabra. Por Clr. Mercedes Azcárate

 

El silencio como refugio forzado: 

mi camino hacia la palabra.




Hace poco vi una película en la que, en una escena, una niña se hacía la dormida para intentar pasar inadvertida ante la mirada de un padre violento que llegaba a la casa. Esa escena me llevó a un lugar propio y me decidí a escribir acerca de eso.

Me acordé de que la violencia no necesita gritos para instalarse. Puede hacerse presente en el aire pesado que entra en la casa cuando alguien llega, en el silencio incómodo que nos obliga a contener la respiración, en el intento desesperado de pasar desapercibidos para no despertar la tormenta.

Yo crecí sabiendo lo que era esa tensión. Aprendí a hacerme pequeña, a esconder mis gestos, a disimular mi voz. Como si volviéndome invisible pudiera protegerme. La violencia me enseñó a caminar en puntas de pie, a no pedir demasiado, a estar alerta aun en los momentos más simples. Y lo más doloroso: me enseñó a desconfiar de que el amor pueda darse sin condiciones ni miedo.

Callar era la estrategia que mis padres me enseñaban como forma de protegerme: “mejor no digas nada, no provoques”. El silencio se convirtió así en un refugio forzado, en un muro que me aislaba de mis propios sentimientos y me convencía de que hablar podía ser peligroso. Ese hábito de callar se volvió una segunda piel.

Con los años me di cuenta de que no solo había aprendido a no alzar la voz frente a la violencia, sino también a esconder mis emociones, mis necesidades, mi manera de estar en el mundo. Y fue un largo camino reconocer que callar para sobrevivir no es lo mismo que callar para estar en paz.

Muchos años después encontré palabras que me ayudaron a mirar todo aquello de otra forma. En su libro Comunicación No Violenta, Marshall Rosenberg explica que la manera en que hablamos y escuchamos puede ser fuente de violencia o de encuentro. Él propone un lenguaje diferente: uno que parte de observar sin juzgar, expresar sentimientos con honestidad, reconocer las necesidades que hay detrás de esos sentimientos y hacer pedidos claros en lugar de imponer o atacar.

Leerlo me confrontó con una verdad profunda: yo había crecido en un espacio donde la comunicación estaba cargada de exigencias, críticas y amenazas. El silencio era un escudo y no un lugar tranquilo. Y comprender que existe otra manera —una en la que las palabras pueden sanar en lugar de herir— me abrió una posibilidad que no conocía.

Rosenberg dice que detrás de cada expresión de violencia hay una necesidad no atendida. Esa idea no justifica el daño, pero sí ofrece una mirada más amplia: la violencia no surge de la maldad innata, sino de la desconexión, de la incapacidad de expresar lo que sentimos y necesitamos sin lastimar.

Comprender eso me permitió dejar de cargar con culpas que no eran mías. Me permitió entender que no fui yo quien “provocó” la violencia. Yo solo era una niña intentando ser aceptada. Hoy elijo otro camino: el de la palabra, la empatía y la conciencia de que todos tenemos derecho a un espacio seguro donde expresarnos sin miedo.

La violencia marca, pero no define. Hay un después posible. Y ese después se construye cada vez que elegimos escuchar, hablar con respeto, poner en palabras lo que sentimos sin herir al otro.

Te invito a probar los pasos que propone Rosenberg cuando enfrentamos diferentes situaciones:

  1. Observación: describir lo que pasa sin evaluaciones.
  2. Sentimientos: expresar cómo te hace sentir eso.
  3. Necesidades: identificar qué necesidad tuya está (o no está) siendo atendida.
  4. Petición: pedir algo concreto, claro y realizable.

Para seguir pensando…

Podes tomarte unos minutos, con un papel y un lápiz. Podés escribir, dibujar o simplemente dejar fluir las palabras:

1.       ¿Qué recuerdos tengo de momentos en los que elegí callar para evitar un conflicto?

2.       ¿Cómo me hizo sentir ese silencio en mi cuerpo y en mis emociones?

3.       Hoy, como adulto/a, ¿en qué situaciones sigo eligiendo callar aunque quisiera hablar?

4.       ¿Qué necesidad mía queda oculta detrás de ese silencio?

5.       Si pudiera expresarla de manera clara y respetuosa, ¿qué palabras usaría?

Este tipo de preguntas no buscan abrir viejas heridas, sino ayudar a reconocer patrones y, poco a poco, encontrar una forma más sana de dar voz a lo que llevamos dentro

 


Referencia
Rosenberg, M. B. (2006). Comunicación No Violenta: Un lenguaje de vida. Barcelona: Editorial Gran Aldea.

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